martes, 6 octubre, 2026
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Investigador del CONICET cuestiona reclamo irlandés sobre la carne argentina

Sergio Bruni, investigador principal del CONICET, afirmó que el estudio que detectó residuos de antibióticos en suelos de feedlots argentinos no implica riesgos para la inocuidad de la carne y que el reclamo de la Asociación de Productores Irlandeses está fuera de contexto.

El murmullo que se desató en el sector cárnico local ante el reclamo que presentó la Asociación de Productores Irlandeses (IFA, por sus siglas en inglés) a la Comisión Europea (CE) para que aplique restricciones similares a las que afectaron a Brasil, a raíz de un estudio científico que detectó residuos de antibióticos en el suelo de 27 feedlots argentinos, crece conforme pasan los días.

De acuerdo con un pedido presentado días atrás por Francie Gorman, titular de esa Asociación, la CE debería revisar las condiciones de ingreso de la carne argentina al mercado comunitario, en el marco de las nuevas reglas europeas sobre el uso de antimicrobianos y la resistencia a estos medicamentos, “bajo los mismos criterios que Brasil”.

Para analizar el impacto de las conclusiones del estudio, publicado a comienzos de septiembre en la revista científica Antibiotics, el investigador principal del CONICET Sergio Bruni brindó declaraciones a Bichos de Campo.

“En primer lugar hay que decir que el estudio (‘Assessment of Veterinary Antimicrobial Residues in Feedlot Soils in Argentina’) surgió de un convenio bilateral entre Argentina y Reino Unido en 2019, entre el CONICET y el BBSRC, la mayor entidad financiadora de proyectos científicos de ese país. Acá se presentaron 10 o 12 proyectos para competir y nosotros fuimos uno de los seleccionados, que trabajamos en colaboración con investigadores británicos”, contextualizó Bruni, quien es profesor titular en la Facultad de Ciencias Veterinarias de la Universidad Nacional del Centro (UNC) y miembro de la Comisión Nacional contra la Resistencia Antimicrobiana (CoNaCRA).

El trabajo, realizado entre 2021 y 2023 en establecimientos de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe, San Luis, Chaco y sistemas de menor escala en la Patagonia, tuvo como objetivo principal la identificación de bacterias de importancia clínica presentes en el medio ambiente de animales que reciben una altísima presión farmacológica. En concreto: analizar si, además de las bacterias ambientales, había otras que pudieran dar cuenta de una resistencia antimicrobiana.

–¿Cómo seleccionaron los establecimientos?
–Fue por reclutamiento voluntario y por intermedio de un consentimiento informado. Trabajamos con 27 feedlots que tuvieron que completar una encuesta y a los cuales les realizamos muestreos de suelo. Se tomaron muestras del corral de enfermería; tres muestras de corrales de animales jóvenes, es decir, a donde los animales recién entran; tres muestras de corrales de animales que ya estaban por salir; y una del corral de salida.

Si bien el detalle particular de las bacterias identificadas aún no está publicado, los científicos sí dieron a conocer las sustancias identificadas durante ese relevamiento.

“Lo que encontramos fue absolutamente esperable: altísimas concentraciones de monensina, utilizada en forma rutinaria en los feedlots como promotor de crecimiento, además de como coccidiostático o antitimpánico; y tetraciclinas, porque existía un uso histórico de tetraciclinas en todo el sector”, explicó Bruni.

–¿Esas son las sustancias que hacen saltar las alarmas de Irlanda?
–Bueno, acá es donde surge el problema. El estudio se hizo entre 2021 y 2023, antes de la normativa de Senasa 445/2024, que modificó el marco regulatorio nacional aplicable al uso de antimicrobianos en animales al establecer, entre otras disposiciones, la prohibición del uso y comercialización de productos veterinarios antimicrobianos con fines de promoción del crecimiento. También estableció restricciones específicas respecto de determinados antimicrobianos de importancia crítica para la medicina humana. Ahora bien, la monensina fue exceptuada y eso los farmers irlandeses lo desconocen. Al estar permitida, es esperable que la encontremos. En Estados Unidos también está permitida, pero en la UE no.

–Si era esperable que eso se encontrara en las muestras, ¿tiene razón de ser el reclamo irlandés por nuestra carne?
–No, en absoluto. Está totalmente fuera de contexto. Ellos están cuestionando el uso de antimicrobianos dentro de una normativa en la que eso está permitido. Además, esto no tiene ninguna implicancia en la inocuidad de la carne. El estudio era uno de impacto ambiental.

–¿La presencia de estas sustancias en el ambiente no supone, de forma lineal, lo mismo en carne?
–No. Acá los períodos de retiro, es decir, el plazo que transcurre desde la última administración de un medicamento hasta que ese animal sale del feedlot, se respetan. De hecho, las concentraciones ambientales que encontramos son muy bajas; lo que vemos, en verdad, son trazas.

A continuación, agregó: “La gente está confundiendo lo que son residuos en el suelo con residuos en la carne, y no tienen absolutamente nada que ver. Los antibióticos en carne no eran el objetivo de este estudio”.

Cabe mencionar que el estudio sí detectó residuos de cefalosporinas y fluoroquinolonas de 3.ª y 4.ª generación, que son medicamentos reservados solo para casos críticos, en el 40% de los feedlots evaluados, fundamentalmente en los corrales de los animales más jóvenes, es decir, los que recién entran.

En una nota posterior aclaratoria, Bruni indicó que “existe posibilidad que los animales hayan sido tratados en los establecimientos de origen para tratar problemas sanitarios puntuales, lo cual explicaría la presencia en el suelo de feedlots donde no se tiene registro de su uso. La confirmación de esta posibilidad escapó a los objetivos del estudio”.

“Estos últimos son productos que no deberían ser utilizados de manera rutinaria, sino en situaciones especiales”, afirmó.

Ahora bien, el investigador señaló que el testeo de los suelos de corrales de animales por salir no arrojó concentraciones de estas sustancias no permitidas. Lo que sí apareció, tal como se dio cuenta, fue monensina y tetraciclinas.

–Aunque no sean antibióticos considerados críticos, si eso se detecta en el ambiente merece nuestra atención, ¿verdad?
–Desde ya. Cuando se utilizaban antibióticos como promotores de crecimiento se hacía a muy bajas concentraciones dentro del alimento balanceado, por un tiempo prolongado. Eso les daba tiempo a las bacterias del rumen para generar resistencia. Y algunos de esos antibióticos eran de medicina humana. ¿Cómo llegaba eso al medio ambiente? A través de la materia fecal. Ya en el suelo se podían contaminar las napas de agua o, si se usaba como abono, llegar a los cultivos. Ahí está la importancia de detectar esto.

–¿Cómo atendemos esa presencia ambiental de antibióticos?
–A nivel nacional, el Ministerio de Salud tiene un plan de acción contra la resistencia antimicrobiana, es el Plan Estratégico 2026-2029. Su punto 4 habla de realizar acciones en producción animal, por ejemplo, implementando programas de optimización del uso de antibióticos. En el CONICET hay una comisión de RAM formada por expertos desde la cual se están tratando de impulsar iniciativas de este estilo. Esa comisión tiene representantes del Instituto Malbrán, del CONICET, del INTA, de la Secretaría de Ambiente, etc.

–¿En qué situación se encuentra Argentina respecto al fenómeno de la resistencia antimicrobiana (RAM)?
–En nuestro país se mueren 28.000 personas por año. Ese dato lo podés constatar con el Malbrán. A nivel mundial, la medicina veterinaria colabora con un 70% del uso de antimicrobianos, mientras que el otro 30% es de uso humano. Es muy importante que desde la medicina veterinaria podamos optimizar el uso de estas moléculas para que eso no impacte en el humano. Y también es importante al revés: que los humanos optimicen el uso de antibióticos porque el humano también puede pasarles bacterias resistentes a los animales. La resistencia es bidireccional.

Bichos de Campo

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