El geólogo Ramón Vargas afirmó que el riesgo de inundación en el Gran Resistencia está determinado por la combinación de lluvias intensas, urbanización impermeable, ocupación de zonas inundables e infraestructura cuestionada. Sostuvo que la prevención no llega de forma concreta a los barrios.
El geólogo Ramón Vargas, con cinco décadas de trayectoria y referente de la Fundación Encuentro por la Vida, declaró que el mayor riesgo para el Gran Resistencia no proviene solamente de El Niño. Afirmó que la amenaza surge de la combinación entre lluvias intensas, urbanización impermeable, ocupación de zonas inundables, infraestructura cuestionada y una prevención que no llega de forma concreta a los barrios.
En una conversación con Guillermo Brite, Vargas explicó que durante meses expresiones como «superniño» o «Niño Godzilla» instalaron la expectativa de una catástrofe. Sin embargo, el geólogo sostuvo que antes de preguntarse si lloverá mucho, hay que observar sobre qué territorio caerá esa lluvia, qué cambios sufrió y qué capacidad real existe para conducir o almacenar el agua.
El Niño es un fenómeno natural asociado al calentamiento de las aguas del Pacífico ecuatorial y puede provocar lluvias o sequías extremas en distintas regiones. Para Vargas, el posible desastre no estaría determinado únicamente por el clima, sino que sería el resultado de la relación entre ese fenómeno y decisiones tomadas durante décadas en el Área Metropolitana integrada por Resistencia, Barranqueras, Fontana, Puerto Vilelas y localidades cercanas.
Una ciudad que cambió el recorrido del agua
Vargas apeló a una imagen sencilla: cien milímetros de lluvia equivalen a diez centímetros de agua distribuidos sobre una superficie. Pero las precipitaciones no caen de manera uniforme: pueden concentrarse en núcleos de tormenta y desplazarse hacia los sectores más bajos. En una llanura con pendientes mínimas, como la chaqueña, esa diferencia resulta decisiva. El agua se mueve lentamente, se acumula y puede alcanzar en determinados puntos una altura muy superior a la cantidad registrada por el pluviómetro.
En condiciones naturales, explicó el experto, gran parte del agua cumple un ciclo vertical: se infiltra en el suelo, es absorbida por la vegetación o vuelve a la atmósfera mediante evaporación y evapotranspiración. La expansión urbana modifica ese recorrido. Los techos, el pavimento y otras superficies impermeables reducen la infiltración y aumentan el escurrimiento.
Así, una ciudad cada vez más cubierta necesita evacuar por canales y bombas un volumen creciente de agua, aun cuando su relieve casi no ofrece pendiente para hacerlo. A ese proceso se agrega el relleno de lagunas, esteros y bajos naturales. Allí aparece una de las frases más claras de la charla: «Cada camión de tierra que se usa para rellenar una laguna es un camión de agua que va a entrar en la vivienda de algún vecino».
No es una equivalencia técnica literal, sino una forma de mostrar que el agua desplazada no desaparece. Cuando se ocupa un reservorio natural, el excedente busca otro lugar y el costo suele trasladarse hacia quienes viven en sectores con menos protección.
La inundación, por lo tanto, también expone desigualdades. Quien dispone de recursos puede elevar un terreno o proteger una propiedad; quien no los tiene queda más expuesto al agua que otros desviaron. Vargas sintetizó esa dimensión al afirmar que «el manejo del agua es el manejo de los conflictos». La planificación hídrica deja entonces de ser un asunto exclusivamente técnico: define qué zonas se preservan, dónde se permite construir y quién asume las consecuencias cuando no se respeta la dinámica del territorio.
Las inundaciones que dejaron una enseñanza
La memoria de las grandes inundaciones ocupa un lugar central en el análisis del geólogo Ramón Vargas. Recordó los episodios de 1982 y 1997-1998, cuando las defensas, los terraplenes y el sistema de bombeo fueron puestos al límite. Su relato no se apoya solamente en archivos: estuvo presente cuando se rompió el dique en Barranqueras en 1982 y participó luego en la Administración Provincial del Agua.
Esos antecedentes explican su desconfianza frente a una frase repetida por las autoridades en situaciones críticas: «Está todo controlado». Para él, esa seguridad debe ser acompañada por información que se pueda comprobar, mantenimiento y capacidad de respuesta.
Uno de los temas más preocupantes de la charla fue la situación de las obras que regulan el ingreso y la salida del agua en el sistema del río Negro. Vargas afirmó que una estructura financiada junto con terraplenes, canales y estaciones de bombeo presentó problemas desde sus primeros años. Según su relato, especialistas detectaron fallas y, con el tiempo, se habría producido el hundimiento de una protección del canal y la pérdida de unos 25.000 metros cúbicos de suelo debajo de un sector clave.
También cuestionó que no exista información pública suficiente para saber si las reparaciones resolvieron el problema.
Obras públicas y preguntas sin respuesta
Lo dicho por Ramón Vargas forma parte de su análisis y requiere respuestas técnicas actualizadas de los organismos responsables.
Sin embargo, su importancia periodística está en las preguntas que abre: cuál es hoy el estado de las defensas, cuándo se realizaron las últimas inspecciones, cuántas bombas están funcionando, bajo qué condiciones fueron probadas y qué medidas se aplicarían ante una falla. Una política preventiva no puede apoyarse solamente en mensajes generales; necesita datos que permitan evaluar el riesgo y generar confianza en la población.
Vargas también explicó que existe una diferencia entre la cantidad de agua que puede ingresar y la capacidad de bombeo. Según dijo, el sistema necesita zonas para guardar por un tiempo el agua sobrante mientras las bombas la expulsan. Si esos espacios son ocupados, rellenados o separados de la función para la cual fueron pensados, la defensa pierde eficacia. La obra no funciona sola: depende del cuidado del río, de los lugares que almacenan el agua, de las normas de uso del suelo y de decisiones cotidianas que muchas veces no aparecen en los anuncios oficiales.
La idea principal de la charla puede resumirse así: la catástrofe no comienza el día de la tormenta. Se construye antes, cuando se habilitan barrios en áreas inundables, se pavimenta sin tener en cuenta el escurrimiento, se rellenan lagunas, se posterga el mantenimiento o se oculta información. La lluvia deja a la vista esas decisiones.
Por eso Vargas afirmó que «el problema que tenemos ahora no es El Niño», sino la forma en que las instituciones manejan un peligro que ya conocen. Esta explicación no elimina las dudas sobre el clima. El propio geólogo reconoció que no es posible asegurar dónde se concentrará cada tormenta ni cuánto durará el fenómeno. Las experiencias anteriores sirven como referencia, pero el calentamiento global y los cambios en la circulación oceánica agregan nuevas condiciones.
Una lluvia intensa puede descargar sobre Resistencia o desplazarse algunos kilómetros. La dificultad para predecir el lugar exacto no reduce la necesidad de prevención; por el contrario, obliga a pensar distintas situaciones y preparar la respuesta antes de conocer el lugar preciso del impacto.
Frente a esta situación, Vargas habló de una «democracia ambiental»: respetar los cursos de agua, evitar la ocupación de lagunas y garantizar que la población pueda acceder a los bienes comunes y a la información. La expresión une ambiente y ciudadanía. Si las decisiones sobre el territorio benefician a unos y trasladan el riesgo a otros, la discusión deja de ser solamente un tema de obras y se convierte en una cuestión de derechos.
La prevención empieza en los barrios
La parte más práctica de la charla apareció cuando Vargas habló de la organización comunitaria. En 1998, recordó, se informó con anticipación a vecinos de zonas expuestas y se prepararon medios para una posible evacuación. Aunque el anuncio significaba decirles que sus casas podían inundarse, la información permitió levantar pertenencias y reducir pérdidas. Después, varios habitantes agradecieron haber sido avisados.
La experiencia muestra que comunicar el riesgo no equivale a sembrar pánico: cuando el mensaje es claro, llega a tiempo y está acompañado por acciones, permite tomar decisiones. Según Vargas, hoy falta ese vínculo directo con los barrios. No alcanza con declarar una emergencia o difundir imágenes de funcionarios recorriendo canales. Se necesita identificar las cuadras críticas, asegurar accesos para ambulancias, definir centros de evacuación, preparar baños y cocinas, organizar la entrega de bolsas de arena y establecer contactos confiables con referentes territoriales.
«Trabajar con la gente en estos momentos es fundamental», insistió. Los vecinos pueden aportar información temprana y, a la vez, necesitan saber a quién recurrir cuando circulan rumores.
Informar para no convertir el miedo en pánico
La comunicación ocupa aquí un lugar estratégico. El geólogo cuestionó tanto el silencio institucional como los contenidos alarmistas sin fecha, fuente u organismo responsable. Para futuros comunicadores, dejó una recomendación directa: verificar antes de compartir y no convertir el miedo en un recurso para captar atención.
Entre la propaganda que asegura que todo está resuelto y la publicación que anuncia una tragedia inevitable existe una tarea periodística indispensable: contrastar datos, consultar especialistas, exigir precisiones y traducir el riesgo en información útil.
Para cuidar la casa, mencionó medidas simples: guardar títulos, documentos y papeles importantes en lugares altos y protegidos; tener pilas, agua potable y ropa seca; elevar muebles, heladeras y cocinas; evitar salir durante tormentas eléctricas; prestar atención a cables caídos y bocas de desagüe sin tapa; y preparar barreras para reducir el ingreso de agua. No son soluciones frente a una inundación de gran magnitud, pero pueden disminuir daños durante anegamientos y cortes temporarios de servicios.
También propuso reconstruir la memoria reciente mediante encuestas barriales y mapas de las zonas que se anegaron con las últimas lluvias. Ese trabajo permitiría sumar la experiencia de los vecinos al conocimiento técnico. En una ciudad donde una tormenta puede afectar de manera muy diferente a dos sectores cercanos, el registro territorial ayuda a reconocer recorridos del agua que los mapas generales no siempre muestran.
La charla de Ramón Vargas deja una conclusión incómoda pero necesaria. El Gran Resistencia no enfrenta solamente la posibilidad de un episodio climático intenso: enfrenta las consecuencias de haber modificado un territorio de llanura sin conservar siempre los espacios que el agua necesita. El Niño puede aumentar la presión sobre el sistema, pero no creó los barrios en zonas bajas, no rellenó las lagunas ni decidió cuánto invertir en mantenimiento y prevención.
Esa es la forma de entender el tema que surge de su testimonio: una tormenta puede ser natural; el desastre, en cambio, depende en gran medida de cómo una sociedad se prepara, construye y comunica. El mensaje no debería utilizarse para anunciar fatalidades, sino para hacer preguntas y pedir respuestas concretas.
¿En qué estado se encuentran las defensas? ¿Qué barrios tienen mayor riesgo? ¿Dónde serán evacuadas las familias? ¿Qué canales oficiales informarán durante una emergencia? ¿Qué tareas pueden realizarse antes de la próxima lluvia?
Responder esas preguntas sería el primer paso para transformar el temor en prevención. Porque el agua seguirá buscando los bajos, los antiguos cauces y las lagunas que alguna vez ocuparon el territorio. La decisión colectiva es si encontrará una ciudad informada y organizada o una población que reciba la emergencia cuando ya tenga el agua dentro de su casa.
