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Hay un sendero bien marcado y los nidos están a los costados. Algunos pingüinos están lastimados, otros graznan y muchos cubren a sus crías. Negros y chiquitos, recién veo los pinchones cuando me saco los anteojos de sol y me acerco a las madrigueras, siempre dentro de los límites del sendero. “En general, solo sobrevive el mayor de los hermanos”, me cuenta Facundo Binelli, técnico guardaparque de La Reserva Natural Estancia San Lorenzo, al norte del Área Natural Protegida Península Valdés, en Chubut. Y pronto aclara que en esta colonia hay gran cantidad de alimento disponible y por eso, a veces, sobreviven dos.
El viento sopla fuerte y recién cuando terminamos de caminar el sendero y llegamos a la orilla del mar, sobre el Golfo San Matías, el guardaparque alza la voz. Con la firme intención de no molestarlos, nos cuenta detalles del ciclo de vida de los pingüinos de Magallanes de esta colonia, la más grande del planeta. “Los machos llegan hasta acá a principios de septiembre, mientras que las hembras, a mediados. Vienen nadando desde Brasil, después de cinco meses en el agua, prácticamente sin tocar el continente… A no ser que los persiga algún depredador o estén enfermos”, cuenta el guardaparque, mientras disfrutamos al verlos andar, con ese paso tan simpático que los hace únicos.
Entonces empezará el conflicto por las madrigueras o nidos, que son cuevas que arman entre arbustos. Las mejores estarán más cerca del mar; ergo, del alimento. Algunos conservarán los nidos del año anterior, otros querrán robárselas. Habrá peleas entre machos, con el pico como arma. Y ganará el más grande. Por eso no debería sorprenderme –aunque un poco me sorprende– ver más de un pingüino lastimado por la contienda que pudo haber librado horas antes.
Ocurre que la construcción o elección del nido no es un detalle menor. Por la calidad y ubicación, conseguirán pareja. La hembra será la que elige al macho. Ellos harán gruñidos y vocalizaciones para llamarlas o para defender el territorio. Serán monógamos durante toda su vida e intentarán conservar el mismo nido todos los años. “Pondrán uno o dos huevos. Los empollan entre 37 y 42 días, hasta que salen los pichones, con cuatro o cinco días de diferencia”, cuenta Binelli y agrega que mientras visitamos la colonia están eclosionando los huevos.
El primer pingüino que nazca, acaparará el alimento de los padres y será el que tenga más chances de sobrevivir. “Generalmente, el segundo muere de hambre. Pero acá, gracias a que este golfo es bien biodiverso, los padres muchas veces pueden alimentar a los dos”, apunta el guardaparque. Y aunque la cabeza de los machos sea más grande y cuadrada que la de las hembras, nos costará diferenciarlos.
Los adultos se alimentarán de crustáceos y moluscos que puedan comer enteros. A lo largo de diez días, se zambullirán al mar frenéticamente para capturarlos, mientras la pareja quedará en el nido cuidando los pichones. Con regurgitaciones alimentarán a las crías, a través del pico. “En esta zona hay mucha anchoíta y langostino, por la convergencia de las corrientes de Malvinas y las de Brasil, en la boca del Golfo San Matías, a 70 km de las costas de la pingüinera”, señala.
Los pichones que sobrevivan, ya sea uno o dos, crecerán hasta alcanzar el tamaño de sus padres, cerca del mes de febrero. Y en veinte días cambiaran su plumaje. Alcanzarán los 40 o 45 cm de altura y entre 3,2 y 4,7 Kg de peso. La migración en dirección al norte, hasta las aguas de Brasil, será a mediados de marzo, para los adultos, y a mediados de abril, para los juveniles. “El 90% de los pingüinos de Magallanes que nacen no sobrevive al primer año de vida. Del 10% restante, el entre el 4 y el 8% llega a la madurez sexual, que es a los 4 o 5 años”, apunta Binelli y detalla que su principal depredador será el lobo marino de un pelo.
En la costa norte de Península Valdés, la colonia de Estancia San Lorenzo se empezó a formar en 1970 y es la más grande del planeta. “Esta colonia es próspera porque está en la península, en aguas muy protegidas de la pesca industrial. En Punta Tombo, en cambio, los pingüinos sí compiten con los pescadores y por eso aquella colonia está en declive. Allá sobran nidos y no hay conflictos territoriales entre los ejemplares”, comenta.
El último censo que se hizo en esta reserva data de 2018. En ese entonces, se contabilizaron 210 mil parejas reproductivas. Considerando que las colonias de esta región crecen entre un 4 y un 8% por año, según el guardaparque se podría estimar que actualmente hay más de 300 mil parejas reproductivas, es decir, más de 600 mil individuos. Siempre hablando de adultos de más de cinco años que tienen madriguera; y sin contar a los pichones, ni a los machos solteros que no tienen nido.
Tan próspera como Estancia San Lorenzo, la colonia está dentro de un establecimiento de 500 hectáreas. Propiedad de los descendientes de Lorenzo Machinea, un vasco que llegó a Valdés a principios del siglo pasado, se dedica a la cría de ovejas raza Merino y Corriedale. Y, además, claro, al turismo, con el fin de divulgar los detalles del fascinante mundo de los pingüinos de Magallanes.
Estancia San Lorenzo. Recibe visitantes desde mediados de septiembre a fines de marzo, de 10 a 18 hs. Las visitas guiadas a la pingüinera duran una hora y cuarto y para pasajeros que lleguen por sus propios medios son a las 11, 14 y 16 hs. Conviene reservar. Además, antes o después del paseo se puede almorzar cordero patagónico u algún otro menú en el restaurante del lugar, que funciona dentro de galpón de esquila. RP 3 s/n. T: (280) 488-1314. IG: @estanciasanlorenzo
